Por Michael Steven Mejía Ospina
Activista, Panelista, Defensor de Derechos Humanos, Miembro de Amnistía Internacional, Abogado Empírico, Estudiante de Ciencias Políticas, Homologando Derecho en la Universidad Americana. Columnista invitado tolima7dias.com.co
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La noticia de la formulación de pliego de cargos por parte de la Procuraduría General de la Nación contra Erika Melissa Palma Huertas, exgerente general y ordenadora del gasto del IBAL, es un recordatorio severo de la fragilidad de la moralidad pública y la constante amenaza de la corrupción en nuestras instituciones. Las presuntas irregularidades en la celebración y pago de un contrato de servicios profesionales en 2024, que se perfila como una falta gravísima a título de dolo, deben encender todas las alarmas y exigir una investigación y sanción ejemplares.
El IBAL, la Empresa Ibaguereña de Acueducto y Alcantarillado, es una entidad vital para la vida y el desarrollo de nuestra ciudad. Su función de garantizar el acceso a servicios esenciales como el agua y el saneamiento básico la convierte en un pilar fundamental del bienestar colectivo. Por ello, cualquier sombra de irregularidad en su gestión no solo afecta las arcas públicas, sino que socava la confianza ciudadana en la capacidad del Estado para administrar los recursos que, en última instancia, provienen del bolsillo de todos los ibaguereños.
La Letra Muerta de la Austeridad y la Idoneidad
La investigación disciplinaria adelantada por la Provincial de Instrucción de Ibagué señala tres puntos críticos que, de comprobarse, dibujarían un cuadro de desprecio por la normativa y la ética pública:
1. Desconocimiento de las normas de austeridad del gasto público: En un país y una ciudad con tantas necesidades, donde cada peso cuenta, es inconcebible que un funcionario público ignore o eluda las directrices de austeridad. El dinero público es sagrado y debe administrarse con la máxima eficiencia y responsabilidad. Contratar servicios profesionales sin tener en cuenta la racionalidad del gasto es un atentado contra los principios de la buena administración.
2. Incumplimiento de requisitos de idoneidad y perfil: La contratación estatal exige que las personas sean idóneas para el cargo o servicio que van a prestar. Seleccionar a un contratista sin el cumplimiento pleno de los requisitos de idoneidad y el perfil exigido por la entidad no solo es una irregularidad, sino que abre la puerta a la mediocridad y al clientelismo. Implica que se privilegian intereses particulares sobre el interés general y la calidad del servicio.
3. Fijación y pago de honorarios por encima de los topes establecidos: Pagar honorarios por encima de los límites fijados para el perfil acreditado es una acción que va directamente en contra de la legalidad y la moralidad. Es malversar recursos que podrían destinarse a mejorar la infraestructura, invertir en programas sociales o garantizar un mejor servicio a la comunidad. Este tipo de prácticas alimenta la percepción de que la administración pública es un botín y no un espacio de servicio.
La Corrupción: Un Cáncer que No Da Tregua
Esta presunta conducta, calificada provisionalmente como falta gravísima y cometida a título de dolo, es un claro ejemplo de cómo la corrupción, en sus múltiples facetas, sigue siendo un cáncer que no da tregua a Colombia. No se trata solo de grandes desfalcos; la corrupción también se manifiesta en el desvío de recursos a través de contratos con irregularidades, en la contratación de personal sin la debida idoneidad o en el pago de sobrecostos. Cada peso malversado o malgastado es un peso que deja de invertirse en educación, salud, seguridad o infraestructura para el beneficio de los ciudadanos.
Como activista, panelista y defensor de derechos humanos, siempre he sostenido que la lucha contra la corrupción es una de las batallas más importantes para la consolidación de una sociedad justa y equitativa. La impunidad es el caldo de cultivo de estas prácticas, y por ello, la acción de la Procuraduría es vital.
Exigencia de Celeridad y Ejemplaridad
Ahora que la Procuraduría ha formulado el pliego de cargos, es fundamental que la investigación continúe con la máxima celeridad, observando el debido proceso y garantizando el derecho a la defensa, pero sin dilaciones que puedan generar impunidad. La ciudadanía de Ibagué y de todo el país necesita ver que las instituciones de control actúan con firmeza y que no hay espacio para la corrupción en la administración pública.
El IBAL, como cualquier entidad pública, debe ser un templo de la transparencia y la eficiencia. Cada funcionario tiene la responsabilidad moral y legal de custodiar los recursos públicos con la máxima probidad. Este caso debe servir como una advertencia clara para todos aquellos que pretendan utilizar sus cargos para beneficio personal o para prácticas que atenten contra la moralidad pública.
La defensa de la legalidad y la moralidad pública no es una opción; es un deber. Y como ciudadanos vigilantes, exigiremos que este caso tenga una resolución justa y ejemplar, para que la confianza en nuestras instituciones, tan golpeada, pueda comenzar a reconstruirse.
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La salida de Gilberto Lozano de la Dirección Técnica de Infraestructura de la Alcaldía de Ibagué, oficializada como una renuncia aceptada, se produce en medio de cuestionamientos por su gestión en la supervisión de proyectos clave, especialmente el del Parque Centenario, donde se reportaban dudas sobre el seguimiento técnico, el ritmo de ejecución y el control al contratista.
Por: Editor Región, Tolima7dias.com.co
De acuerdo con información conocida, Lozano tenía a su cargo funciones como la realización de comités de obra, verificación de avances, reporte de posibles incumplimientos y vigilancia constante del desarrollo de las intervenciones. Sin embargo, versiones internas indican que estos procesos no se habrían ejecutado con el nivel de exigencia esperado, lo que generó inconformidad dentro de la administración municipal.
El foco de tensión se habría concentrado en la relación con el contratista del Parque Centenario. Según las mismas fuentes, la aparente falta de presión frente a aspectos como la cantidad de personal en obra y los tiempos de ejecución despertó alertas, al punto de que su gestión fue percibida como distante de los intereses institucionales.
La situación escaló hasta requerir la intervención directa desde el despacho de la alcaldesa y la Secretaría de Infraestructura, que asumieron un seguimiento más cercano al proyecto ante lo que consideraban una supervisión insuficiente. “Se evidenciaron vacíos en el control técnico que obligaron a tomar decisiones inmediatas”, señaló una fuente vinculada al proceso.
La permisividad atribuida al exfuncionario frente al contratista habría sido el factor determinante para aceptar su salida, en un contexto marcado por cuestionamientos sobre la vigilancia de los recursos públicos y el cumplimiento de los cronogramas.
La Dirección Técnica de Infraestructura es una dependencia clave, responsable de supervisar múltiples frentes como las piscinas de la calle 42 y la piscina de olas —ambas en proceso de liquidación—, así como obras en salones comunales, mejoramientos de vivienda, escenarios deportivos como las canchas de Maracaná y proyectos habitacionales.
Tras la salida de Lozano, se conoció que se han reforzado los mecanismos de control en el Parque Centenario, incluyendo el aumento de personal en obra y un seguimiento más estricto para intentar cumplir con los tiempos previstos. La administración municipal no ha emitido un pronunciamiento detallado adicional sobre el caso.
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