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¡La Pola se debe estar revolcando! La trivialización de un símbolo patrio y el olvido de nuestras raíces

¡La Pola se debe estar revolcando! La trivialización de un símbolo patrio y el olvido de nuestras raíces
Foto: Michael Steven Mejía Ospina, experto en Gestión comercial y de negocios de la UNAD, y Defensor de derechos humanos. Columnista invitado tolima7dias.com.co
29 de Apr, 2026

Por Michael Steven Mejía Ospina
Activista, Panelista, Defensor de Derechos Humanos, Miembro de Amnistía Internacional, Abogado Empírico, Estudiante de Ciencias Políticas, Homologando Derecho en la Universidad Americana. Columnista invitado tolima7dias.com.co

Advertencia: los comentarios escritos a continuación son responsabilidad única y exclusiva de su autor, y en nada compromete a este medio de comunicación digital.

Hay decisiones institucionales que no son simplemente discutibles: son conceptualmente problemáticas. La reciente condecoración con la Orden al Mérito “Policarpa Salavarrieta” a Agatha Ruiz de la Prada, promovida desde la Asamblea del Tolima, es una de ellas. Esta elección no solo es un desatino desde la perspectiva histórica y simbólica, sino que también revela una preocupante desconexión con la identidad y los valores que deberíamos enarbolar en nuestra región.

No se trata de cuestionar la trayectoria artística de la diseñadora ni su impacto en la cultura global. Su trabajo, sin duda, tiene un mérito en su campo. El punto es otro, y es más de fondo: el uso del símbolo. Policarpa Salavarrieta, "La Pola", no representa genéricamente “empoderamiento femenino” ni “éxito internacional” en un sentido comercial o frívolo. Policarpa Salavarrieta, la heroína tolimense, encarna una ruptura histórica con el orden monárquico, una apuesta radical por la soberanía, la libertad y la dignidad. Su vida fue una acción política que, incluso desde un oficio como la costura, se convirtió en insurgencia. Su sacrificio, su valentía y su compromiso con la causa independentista la erigen como un faro de resistencia y un modelo de civismo y patriotismo para Colombia.

Por eso, cuando una asamblea departamental, que debería ser la voz y el sentir de nuestro Tolima, decide otorgar una distinción con ese nombre bajo criterios como la visibilidad global o el éxito creativo, lo que hace no es exaltar a Policarpa, sino diluirla. Se desplaza el sentido del reconocimiento desde un eje ético-político, profundamente arraigado en la historia de nuestra nación y de nuestra región, hacia uno meramente simbólico y decorativo, desprovisto de su esencia revolucionaria. Es un vaciamiento del significado que minimiza la magnitud de su legado.

Y ahí es donde surge la incoherencia: se invoca a una figura que encarna la ruptura con las lógicas aristocráticas y coloniales para premiar trayectorias que se desarrollan —legítimamente, insisto— dentro de circuitos culturales que no cuestionan esas mismas lógicas, sino que conviven con ellas. ¿Qué mensaje estamos enviando a las nuevas generaciones cuando trivializamos la memoria de quienes dieron su vida por nuestra libertad? ¿Estamos acaso sugiriendo que el mérito de una heroína como La Pola es equiparable al éxito en el ámbito de la moda global, por más meritorio que este sea en su propio contexto?

Más que un homenaje, esto parece un uso instrumental de la memoria histórica. Y cuando las instituciones trivializan sus propios símbolos, lo que está en juego no es un nombre en una medalla, sino la coherencia misma del lenguaje público y, aún más grave, la comprensión de nuestra propia historia y de la herencia que debemos preservar. Es un acto que, lejos de enaltecer, desdibuja la importancia de figuras locales y nacionales que son el verdadero cimiento de nuestra identidad. ¿Acaso no existen en el Tolima mujeres, líderes sociales, artistas, científicas, empresarias, deportistas o activistas que, con su trabajo y dedicación, encarnan los valores de lucha, resiliencia y empoderamiento que Policarpa Salavarrieta representó y sigue representando para nuestra tierra? ¿No hay talentos locales y regionales cuya trayectoria merece ser visibilizada y exaltada con un reconocimiento que lleve el nombre de nuestra heroína tolimense?

Como activista y defensor de derechos humanos, creo firmemente en la importancia de mantener viva la memoria histórica y de reconocer a quienes, desde sus trincheras, contribuyen al progreso social y a la defensa de la dignidad. La Asamblea del Tolima tiene la oportunidad y el deber de promover a nuestros talentos, de visibilizar a nuestras figuras, y de fortalecer el sentido de pertenencia y orgullo por lo nuestro. Un reconocimiento como la Orden “Policarpa Salavarrieta” debería ser un tributo a quienes, con su vida y obra, reflejan el espíritu de La Pola: valentía, compromiso con la libertad, y amor inquebrantable por nuestra tierra. Es hora de volver la mirada hacia adentro, hacia el Tolima, y honrar a quienes verdaderamente merecen llevar el estandarte de nuestra heroína.

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La Magia Imperecedera de la Niñez: Un Elogio a Nuestros Niños y Niñas del Tolima y de Colombia

La Magia Imperecedera de la Niñez: Un Elogio a Nuestros Niños y Niñas del Tolima y de Colombia
Foto: Michael Steven Mejía Ospina, experto en Gestión comercial y de negocios de la UNAD, y Defensor de derechos humanos. Columnista invitado tolima7dias.com.co
29 de Apr, 2026

Por Michael Steven Mejía Ospina
Activista, Panelista, Defensor de Derechos Humanos, Miembro de Amnistía Internacional, Abogado Empírico, Estudiante de Ciencias Políticas, Homologando Derecho en la Universidad Americana. Columnista invitado tolima7dias.com.co

Advertencia: los comentarios escritos a continuación son responsabilidad única y exclusiva de su autor, y en nada compromete a este medio de comunicación digital.

La reciente celebración del Día del Niño en Acqua Power Center, bajo el lema “la magia de ser niño”, nos brindó una valiosa oportunidad para reflexionar sobre la trascendental importancia de la niñez en nuestra sociedad. Ver los rostros iluminados de los pequeños, llenos de alegría, color y sueños sin límites, nos recuerda el invaluable tesoro que representan nuestros niños y niñas del Tolima y de toda Colombia. Son ellos el presente que florece y el futuro que construimos día a día.

La niñez es una etapa sagrada, un período de asombro y descubrimiento, donde la imaginación no tiene fronteras y cada rincón del mundo es una aventura por vivir. Es un tiempo de inocencia, de risas contagiosas y de una capacidad innata para ver la bondad y la belleza en lo simple. En cada sonrisa de un niño, en cada juego despreocupado, reside la esencia de la esperanza y la promesa de un mañana mejor.

Como defensor de derechos humanos, quiero enfatizar que esta magia de ser niño no es un privilegio, sino un derecho fundamental. El Artículo 44 de la Constitución Política de Colombia es claro y contundente al establecer los derechos fundamentales de los niños, incluyendo el derecho a la vida, a la integridad física, a la salud y la seguridad social, a la alimentación equilibrada, a su nombre y nacionalidad, a tener una familia y no ser separados de ella, al cuidado y amor, a la educación y la cultura, a la recreación y la libre expresión de su opinión. Estos derechos prevalecen sobre los derechos de los demás. Son la hoja de ruta que debe guiar cada una de nuestras acciones como sociedad y como Estado.

Sin embargo, la realidad de muchos niños y niñas en Colombia, y tristemente también en nuestro amado Tolima, dista mucho de ser un cuento de hadas. Miles de ellos enfrentan desafíos abrumadores: la pobreza que les niega el acceso a una alimentación adecuada y a una educación de calidad; la violencia intrafamiliar y el abuso que les roba la inocencia; el reclutamiento forzado por grupos armados ilegales que les arrebata el derecho a jugar y a soñar; y la falta de oportunidades que limita su potencial. Estas realidades dolorosas son una afrenta a los principios más básicos de nuestra humanidad y una deuda que tenemos como sociedad.

Eventos como el de Acqua Power Center, aunque locales, son un recordatorio de que podemos, y debemos, crear espacios donde la magia de la niñez sea palpable. Estos lugares no solo ofrecen entretenimiento, sino que fomentan el desarrollo, la interacción social y la creación de recuerdos felices que nutren el espíritu. Pero estos esfuerzos no pueden ser aislados. Necesitamos un compromiso colectivo y sostenido para garantizar que cada niño, sin importar su origen social o geográfico, tenga la oportunidad de crecer en un entorno seguro, amoroso y propicio para su pleno desarrollo.

Es un llamado a los padres y madres, a ser los primeros garantes de los derechos de sus hijos, a brindarles amor incondicional, protección y la guía necesaria para enfrentar los desafíos de la vida. Es un llamado a las instituciones del Estado, para que fortalezcan las políticas públicas en favor de la infancia, invirtiendo en educación, salud, nutrición y protección integral. Es un llamado a la sociedad civil, a las empresas y a cada ciudadano, para que asumamos nuestra cuota de responsabilidad en la creación de un entorno donde la niñez sea verdaderamente valorada y protegida.

Nuestros niños y niñas no son el futuro; son el presente más vibrante que tenemos. En sus pequeñas manos y mentes reside el potencial para transformar nuestra sociedad, para construir un país más justo, pacífico y equitativo. Su magia es el motor que nos impulsa a seguir luchando por un mundo mejor. Protegerla, cultivarla y celebrarla es nuestro más alto honor y nuestra más grande responsabilidad. Que la alegría y el color que vimos en los rostros de los niños de Ibagué en este día especial, se multipliquen y se extiendan por cada rincón de Colombia, recordándonos que en la felicidad de un niño radica la verdadera riqueza de una nación.

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