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Editorial

De los avales y otras aberraciones

Por: Guillermo Pérez Florez La constitución del 91 instituyó un modelo político basado en la democracia participativa, en la cual los ciudadanos no se limitan a votar, sino que se

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Por: Guillermo Pérez Florez

La constitución del 91 instituyó un modelo político basado en la democracia participativa, en la cual los ciudadanos no se limitan a votar, sino que se reservan el derecho a participar en la toma de decisiones.

Creó figuras como la iniciativa popular legislativa y normativa, el cabildo abierto, la consulta popular, el plebiscito, el referendo, y la revocatoria del mandato. Buscó superar la democracia de representación.

Tales instituciones ponen en el centro a los ciudadanos, a quienes les reconoció derecho a formar y afiliarse a partidos políticos, para que pudieran expresarse. Y, entendiendo que estos no eran las únicas vías, reconoció a las organizaciones sociales derechos en igualdad de condiciones con los partidos (Art. 107). Estos cambios despertaron interés y oxigenaron nuestra anémica democracia, que había vivido en régimen marcial durante casi cuarenta años. Dicho artículo ha sufrido dos reformas (2003 y 2009). Ambas encaminadas a arrebatarle a los ciudadanos derechos políticos y a instaurar un gobierno de partidos. De esta manera, se les cercenó a los movimientos sociales su condición de sujeto político y se consagró un monopolio electoral a través de los avales, conculcando los derechos a participar y a ser elegido. Se me contrargumentará diciendo que para eso están las firmas. Falso. No solo por la elevada cantidad que se exigen, sino por las costosas pólizas que se tienen que allegar.

El partidismo es un cáncer para la democracia. Puede haber democracia sin partidos, pero jamás sin ciudadanos. Tanto Washington como Bolívar advirtieron sobre los peligros de estos. El primero, en su famosa carta de despedida, y el segundo, en su última proclama: “Si mi muerte contribuye a que cesen los partidos…” Los dos, después de haber ejercido el poder. La partidocracia crea una casta para la cual lo importante son sus intereses electorales y no los problemas de la gente. Ahonda la brecha entre lo que Gaitán llamaba el “país político” y el “país nacional”. Genera marginación, muchísima gente buena prefiere no participar, para no someterse al manoseo partidista. La casta política desprecia la opinión pública, sabedora de que no tiene competencia. De allí que solo le importe la mecánica electoral. Las ideas y los programas son intrascendentes. Los avales son un instrumento para disciplinar líderes y militantes. Disciplina para perros. Quien no obedezca a la jerarquía del partido, se le niega el aval y se deja por fuera de la carrera. Algunos han llegado a la aberración de exigir la firma de pagarés en blanco para otorgar el aval.

La reforma política y electoral es de las más relevantes y urgentes. Desde luego no para fortalecer el partidismo, como pretendía la reforma del ministro Prada. Colombia tiene hoy 36 partidos políticos, la mayoría, de garaje (fábricas de avales), y no por ello ha mejorado la calidad de la democracia. A pesar de recibir dinero público, funcionan como empresas privadas o famiempresas. La actual forma de hacer política es la madre de todos los vicios. Es fuente de corrupción y de mediocridad administrativa, pues al servicio público llegan muchos carga maletines, que solo saben hacer caso. A través de contrarreformas se desvirtuó por completo el espíritu del 91. Se sustituyó la Constitución y no nos dimos cuenta. La lucha para corregir estas aberraciones y devolverles la política a los ciudadanos será larga y difícil. Pero merece el sacrificio. Partidos sí, pero no así.

Ibagué, 30 de julio de 2023

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